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Messi tiene hambre

En una nota de Lionel Messi a la revista Short List el mejor jugador del mundo habla de cómo fue para él no ganar la Final de la Copa del Mundo, mencionando que muchos de sus compañeros del Barcelona ya la obtuvieron y querría saber cómo se siente.

Me recordó a una anécdota-fábula de Malcolm Gladwell, sobre un niño de un pueblo en Estados Unidos. Mediante una combinación de inteligencia, perseverancia y trabajo duro consigue ser el primero de su clase en el colegio secundario, conseguir una beca para una universidad Ivy League, recibirse con honores y estudiar derecho en Harvard Law School, convertir ese título en una posición en uno de los mejores estudios de Manhattan, hasta que con muchos años de sacrificio lo hace socio, le dan un gran bono con el cual se compra un departamento en un edifico de principios de siglo en la Quinta Avenida donde procede a ser profundamente infeliz, ya que todos sus vecinos – millonarios de internet, financistas o estrellas de rock – son muchísimo más exitosos que él.

Al menos ese es su imaginario. Tras una vida entera de validación cambio de grupo de pertenencia (falsa) lo convierte en un fracasado.

Por eso Messi no para. Por eso es particular, no es sólo condiciones técnicas, entrenamiento, un buen equipo y un entrenador que sabe lo que hace. Lo que lo destaca está entre sus dos orejas, y no tiene nada que ver con el juego.

En la misma nota menciona que nunca se iría del Barsa porque le dieron una chance cuando nadie más lo hacía. Messi tiene hambre, todo el tiempo, y ninguna cantidad de Balones de Oro lo van a satisfacer. Por eso es el mejor del mundo.