Vas a tener tiempo para dormir cuando estés muerto.
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Quien me lo dijo fue mi primer jefa, una americana rubia y llena de carácter que tomaba café cómo si fuera agua. Cuando terminé el colegio trabajé dos meses en su oficina atendiendo el teléfono y facturando.
Un par de años después de trabajar con ella tuve la oportunidad de viajar a NYC. La señora me prestó su departamento en el West Side, que se quedaba sin inquilino un par de días antes que yo llegara.
Imaginen mi sorpresa cuando al abrir la puerta me encontré con este señor. Salí a caminar, comí una pizza cubierta en aceite doblada como un sobre y volví a un dpto vacío. Estuve una semana y en la primer lluvia se inundó.
No puedo decir que aproveché el viaje pero sí me quedaron buenos recuerdos de esa semanita invernal.
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Una vez me dijeron que la solución al límite natural de las horas en el día es no priorizar sino hacer más. Más de todo.
Creo que eso tiene algo de cierto. Sin dudas los momentos más productivos son cuando no tenés tiempo para nada. Nada induce tanto al letargo como una tarde sin compromisos.
Pero nunca hay que dejar de vista que la felicidad es hoy y ahora. Nunca acepté estar sujeto a algo que eventuamente pasará para estar bien.
